A través de una estética que oscila entre la nostalgia y la ciencia ficción, La Otra Tierra nos recuerda que el agua, el bosque y el aire no son recursos transferibles, sino elementos primordiales que exigen una custodia inmediata. No es una invitación al viaje, sino un imperativo a la permanencia y el cuidado.
Acrílico sobre lienzo
30 x 40 cm
2010
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En esta obra, la mirada se desplaza hacia un exterior imposible para confrontar la fragilidad de nuestro presente. A través de una composición que subvierte la perspectiva astronómica tradicional, el espectador no observa un «nuevo mundo», sino el reflejo especular de una crisis de habitabilidad. Estas obras funcionan como un ejercicio de alteridad radical: vemos la Tierra desde un planeta gemelo, un duplicado exacto que conserva los elementos primordiales —el agua, el bosque, la atmósfera— que aquí hemos comprometido. La obra no propone una utopía de escape, sino que subraya la ironía del extractivismo contemporáneo: la búsqueda de un «Planeta B» como solución técnica a un problema ético y biológico. Al presentar paisajes donde la naturaleza se mantiene intacta en su estado original, las piezas actúan como un archivo de lo que estamos perdiendo. La ambigüedad visual invita a preguntarnos si ese horizonte es nuestro futuro o un pasado que ya no nos pertenece. Es, en última instancia, un llamado a la conservación mediante la confrontación; una advertencia de que la migración intergaláctica es un síntoma de nuestra incapacidad para coexistir con el ecosistema que nos dio origen.